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Apuntes alrededor de la Ciencia: |
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por Fernando Pedró |
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La cultura popular suele crear estereotipos y asignar características de conducta a los que ejercen una cierta profesión. Así, los abogados son inescrupulosos y sacan provecho de la miseria de los otros (el apelativo de “buitre” es casi universal), los artistas son bohemios y borrachos, los ingenieros, formales y detallistas hasta la exasperación, y la lista sigue con cada una de las actividades del hombre. A los científicos se los asocia con la obsesión y la locura. Para el imaginario popular ellos son distraídos, tienen una cierta dosis de ingenuidad y están preocupados solamente por lo que pasa en su laboratorio. Como en todos los casos, las generalizaciones son injustas aunque, como en los mitos, pueden tener un trasfondo de realidad.
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El cine y la literatura de ficción aportaron sin duda lo suyo. Desde el Dr. Frankenstein de Shelley o el Moriarty de Conan Doyle hasta los sucesivos rivales de James Bond (pasando por una extensa lista de personajes de películas y dibujos animados) los autores transformaron fácilmente al “genio obsesivo por descubrir las leyes del universo” en el “villano/loco obsesivo por dominar al universo”. El mote de “distraído” se puede justificar con centenares de anécdotas, la mayoría de las cuales no son muy diferentes a aquellas que nos ocurren a diario pero que, cuando el protagonista es un científico que está manipulando material de laboratorio, sirven para alimentar a la leyenda. Wolfgang Pauli fue uno de los más destacados físicos teóricos de principios de siglo XX. Sus aportes a la física cuántica van más allá del Principio que lleva su nombre. Pero, como la mayoría de los físicos teóricos, tenía muy mala fama como investigador de campo. Se comentaba que su solo paso por frente a un laboratorio bastaba para que se rompiera alguna parte del equipo. George Gamow relata que “un hecho totalmente enigmático, que en un principio no parecía estar conectado para nada con la presencia de Pauli, ocurrió cierta vez en el laboratorio del profesor J. Franck, en Göttingen. Una tarde, apenas comenzadas las tareas, un complicado aparato destinado al estudio de los fenómenos atómicos se estropeó totalmente, sin razón aparente alguna. Pasado el mal rato, Franck escribió a propósito de esto una carta humorística a la casa de Pauli en Zurich y, tras cierto retraso, recibió una respuesta, pero el sobre mostraba estampillas de franqueo danesas. En ella Pauli le afirmaba que se había ido a visitar a Bohr y que, más o menos para la hora del desastre en el laboratorio de Franck, su tren había estado detenido, por pocos minutos, en la estación de Ferrocarril de Göttingen. ¡Pueden ustedes creer en la veracidad de esta anécdota o desconfiar de ella, más lo cierto es que se dispone de muchas otras observaciones confirmantes de la existencia real del Efecto Pauli!”[1] La “distracción” es generada la mayoría de las veces por la concentración en su propio trabajo, pero también porque la mente del científico, del genio en general, funciona en otra sintonía que la de su interlocutor. El mismo Gamow cuenta que la cualidad mas característica de Niels Bohr “era la lentitud de su pensamiento y comprensión”.[2] Viendo películas del Oeste no podía seguir el argumento e interrumpía con preguntas del tipo: “¿es ésta la hermana del cowboy que mató de un tiro al indio que trataba de robar un rebaño que pertenecía a su cuñado?”[3]. Muchas veces Bohr era el único en no comprender una brillante exposición sobre algún intricado problema de la teoría cuántica. “Todos empezaban entonces a explicarle la sencilla cuestión que no había entendido, y en medio de la baraúnda acababa todo el mundo por no comprender nada. Por último, después de mucho tiempo, Bohr comenzaba a comprender y resultaba que lo que él había comprendido sobre el problema presentado por el visitante era absolutamente distinto a lo que éste pensaba, y su interpretación era la correcta, mientras que la del visitante estaba equivocada”.[4]
Paul Dirac, quien con sus investigaciones contribuyó a ensamblar la teoría cuántica con la de la relatividad, es un buen ejemplo de otro de los aspectos característicos del científico: su "curiosidad por todo". Cierta vez charlando de física en la casa de un colega vió a la hermana de éste tejiendo. “Terminada la conversación se despidió y se fue. Pero habrían pasado unas dos horas cuando regresa corriendo y muy agitado. –´Sabe usted, Ania, observando de reojo la manera como usted hacía ese sweater me interesó el aspecto topológico de la cuestión, y he encontrado que se puede proceder de otra manera y que sólo hay dos formas de tejerlo. Una es como usted estaba trabajando, y la otra es así´. Y esta segunda posibilidad fue explicada usando sus largos y delgados dedos. Pero Ania le informó enseguida que ese nuevo procedimiento por él “descubierto” era conocido hace mucho por las mujeres, que lo denominan “punto al revés””.[5] La “ingenuidad” se explica porque el objeto de estudio favorito del científico es la naturaleza, y ésta no hace trampas, o como dijo Einstein “oculta sus secretos a través de su intrínseca grandeza, pero no mediante engaños”. Esto los deja muy al descubierto en cuanto tienen que lidiar con tramposos profesionales. No es de extrañar entonces que algunos físicos hayan creído de buena fe que estaban en presencia de fenómenos paranormales cuando en realidad asistían a un burdo truco de ilusionista. El caso de los creyentes en los poderes de Uri Geller en la década del ´70 es paradigmático. El grito de “¡Eureka!” de Arquímedes es un símbolo que perdura a lo largo de los siglos y refleja la satisfacción del científico cuando puede descubrir algún secreto de la naturaleza. Las teorías revolucionarias pueden cambiar la historia de la ciencia de ser ciertas, como ocurre muy excepcionalmente. Pero si están equivocadas, como se comprueba en la mayoría de los casos, pueden dar lugar a dos situaciones: en general, el científico admite su error y busca por nuevos caminos o, se empecina por negar la realidad. En éste último caso podemos estar seguros que no se trata de un aunténtico científico. |
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