DÉCIMAS ENCADENADAS |
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por León Benarós
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INTENCIÓN |
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Décimas “atadas” llamaron nuestros antiguos a la glosa de la cuarteta octosilábica, resuelta en la cuadriga pujante y liviana de las estrofas que redondeó –si no inventó- Don Vicente Martínez Espinel. “Encadenadas” prefiero llamar esas décimas. La expresión convocadora de la imagen del juego y gracia de los eslabones, de su soltura inadvertidamente condicionada, refleja mejor la idea de una libertad sólo obediente al tirón de la rima, todo lo imperceptible que se pueda. No “atadas”, que parecerían desesperarse de sofocación, sino livianamente encadenadas por ley retórica, por necesidad de opie forzado, pero también, en mucho, por propia condición de lo humano, por limitaciones del corazón, por tener en él y no en el aire su raíz y sustento. Y, sin embargo, ¡qué bien que se vea en aquellas décimas su ansia de vuelo! Por puro ejercicio de poesía comencé a espigar en nuestros cancioneros anónimos aquellas coplas que más vida aleteaban, aquellas voladas del corazón del pueblo que permanecían milagrosamente vivas. En ellas hallé el antojo del más puro lirismo, la más fina cortesía de amor, la metafísica llevada al grado de una tónica popular, a veces desafiante y acompadrada:
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En otros casos, el misterio enuncia la omnisapiencia, como si la copla hubiera sido escrita por Dios:
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Al intentar la glosa de las coplas del pueblo, quise probar primero si resistían el quehacer digresivo, si su desnudez elemental no se ofendía del vestido nuevo. Después pensé que lo toleraban y que, en algunos casos, quizás el desarrollo les amuchaba el sentido y las crecía de intención, color y hondura. Aparte de lo que pueda tener de entrañable, este libro está compuesto como un cuadro, equilibrando, en el alternativo sentido de las glosas, sombra y color, pena y alegría. No disimula tampoco una progresión hacia la luz, para que la última impresión del lector sea afirmativa, como el autor lo siente. Por mucho que nos pesen los dolores del mundo, suelo y tierra no suelen negar, en el trato con los seres, las estrellas, las plantas, sobrados motivos de sereno gozo. Disponer a la copla su contorno, su alrededor poético no es cosa fácil. Dura prueba es rescatarla indemne de esa tarea aumentativa y hacer de tal modo que lo glosado se incorpore a ella insensiblemente, como un árbol más en el paisaje, o mejor como un árbol en llamas que, sin embargo, pareciera haber estado siempre allí, ardiendo desde el principio. Yo lo he querido, hasta donde el corazón y la cabeza pudieron ayudarme.
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