Asterión XXI

Revista cultural

           

 

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DOSSIER BORGES

LA CIFRA

                                                                 

por Patricia Calabrese

    

                

  

Deseamos comenzar este dossier sobre Jorge Luis Borges (1899-1986) con una reflexión del autor sobre la experiencia de la poesía: “He sido profesor de literatura inglesa en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y he tratado de prescindir en lo posible de la historia de la literatura. Cuando mis estudiantes me pedían bibliografía yo les decía: ‘no importa la bibliografía; al fin de todo, Shakespeare no supo nada de bibliografía shakespiriana’. (...) Creo que la poesía es algo que se siente, y si ustedes no sienten la poesía, si no tienen sentimiento de belleza, si un relato no los lleva al deseo de saber qué ocurrió después, el autor no ha escrito para ustedes. Déjenlo de lado, que la literatura es bastante rica para ofrecerles algún autor digno de su atención, o indigno hoy de su atención y que leerán mañana.’(...) El hecho estético es algo tan evidente, tan inmediato, tan indefinible como el amor, el sabor de la fruta, el agua. Sentimos la poesía como sentimos la cercanía de una mujer, o como sentimos una montaña o una bahía. Si la sentimos inmediatamente, ¿a qué diluirla en otras palabras, que sin duda serán más débiles que nuestros sentimientos?”. (“La poesía” en Siete noches, 1980)

A este punto nos sentimos tentados de incluir en esta selección un poema:

El amenazado

   
  Es el amor. Tendré que ocultarme o que huir.
  Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz. La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única. ¿De qué me servirán mis talismanes: el ejercicio de las letras, la vaga erudición, el aprendizaje de las palabras que usó el áspero Norte para cantar sus mares y sus espadas, la serena amistad, las galerías de la Biblioteca, las cosas comunes, los hábitos, el joven amor de mi madre, la sombra militar de mis muertos, la noche intemporal, el sabor del sueño?
  Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo.
   Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se levanta a la voz del ave, ya se han oscurecido los que miran por las ventanas, pero la sombra no ha traído la paz.
   Es, ya lo sé, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo.
    Es el amor con sus mitologías, con sus pequeñas magias inútiles.
  Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar.
  Ya los ejércitos me cercan, las hordas.
  (Esta habitación es irreal; ella no la ha visto.)
  El nombre de una mujer me delata.
  Me duele una mujer en todo el cuerpo.
    

(El oro de los tigres, 1972)

 

La poesía de Borges invita a la participación en el mundo de la invención no menos real por literaria que el mundo “real y cotidiano”.

Dedicamos el breve dossier a la idea de la cifra que constituye la conmovedora y estremecedora visión del designio al que estamos deparados desde que somos uno de los hilos que teje la trama del destino.

La cifra es, para Borges, el rasgo que da a la condición humana un tono intenso y trágico; ella puede sintetizar una vida y permite el ordenamiento de la abundancia de experiencias, sensaciones y objetos que edifican la existencia del hombre.  

“Cada uno se define para siempre en un solo instante de su vida, un momento en el que el un hombre se encuentra para siempre consigo mismo. (...) La idea de Dios como indescifrable es un concepto que ya encontramos en otro de los libros esenciales de la humanidad. En el Libro de Job (...)”

                             (“La divina Comedia” en Siete noches, 1980)

 

Selección de Poemas

POEMA CONJETURAL

(El otro, el mismo, 1964)

Soy

(La rosa profunda, 1975)
De que nada se sabe (La rosa profunda, 1975)
El hacedor (La cifra,1981)
La trama (La cifra,1981)

Inferno, V, 129

(La cifra,1981)
Doomsday (Los conjurados, 1985)

                 

               

         

Poema conjetural
              
   
El doctor Francisco Laprida,
asesinado el día 22 de setiembre 
de 1829 por los montoneros de
Aldao, piensa antes de morir:
   
Zumban las balas en la tarde última.
Hay viento y hay cenizas en el viento,
se dispersan el día y la batalla
deforme, y la victoria es de los otros.
Vencen los bárbaros, los gauchos vencen.

Yo, que estudié las leyes y los cánones,

yo, Francisco Narciso de Laprida,
cuya voz declaró la independencia
de estas crueles provincias, derrotado
de sangre y de sudor manchado el rostro,

sin esperanza ni temor, perdido,

huyo hacia el Sur por arrabales últimos.
Como aquel capitán del Purgatorio
              Que, huyendo a pie y ensangrentando el llano,

                         

fue cegado y tumbado por la muerte
  donde un oscuro río pierde el nombre,
  así habré de caer. Hoy es el término.
  La noche lateral de los pantanos
  me acecha y me demora. Oigo los cascos
  de mi caliente muerte que me busca
  con jinetes, con belfos y con lanzas.
      
Yo que anhelé ser otro, ser un hombre
de sentencias, de libros, de dictámenes,
a cielo abierto yaceré entre ciénagas;
pero me endiosa el pecho inexplicable
un júbilo secreto. Al fin me encuentro
con mi destino sudamericano.
A esta ruinosa tarde me llevaba
el laberinto múltiple de pasos
que mis días tejieron desde un día
de la niñez. Al fin he descubierto
  la recóndita clave de mis años,
  la suerte de Francisco de Laprida,
  la letra que faltaba, la perfecta
  forma que supo Dios desde el principio.
  En el espejo de esta noche alcanzo
  mi insospechado rostro eterno. El círculo
  se va a cerrar. Yo aguardo que así sea.
      
  Pisan mis pies la sombra de las lanzas
  que me buscan. Las befas de mi muerte,
  los jinetes, las crines, los caballos,
  se ciernen sobre mí... Ya el primer golpe,
  ya el duro hierro que me raja el pecho,
  el íntimo cuchillo en la garganta.
          
  1943
   
 

(de El otro, el mismo, 1964)

                               

   

  

SOY 
       
Soy el que sabe que no es menos vano

Que el vano observador que en el espejo
De silencio y cristal sigue el reflejo
O el cuerpo (da lo mismo) del hermano.
Soy, tácitos amigos, el que sabe
Que no hay otra venganza que el olvido
Ni otro perdón. Un dios ha concedido
Al odio humano esta curiosa llave.
Soy el que pese a tan ilustres modos
De errar, no ha descifrado el laberinto
Singular y plural, arduo y distinto,
Del tiempo, que es de uno y es de todos.
Soy el que es nadie, el que no fue una espada
En la guerra. Soy eco, olvido, nada.
         

                (de La rosa profunda, 1975)

                   

 

  

De que nada se sabe  
  
La luna ignora que es tranquila y clara
Y ni siquiera sabe que es la luna;
La arena, que es la arena. No habrá una
Cosa que sepa que su forma es rara.
Las piezas de marfil son tan ajenas
Al abstracto ajedrez como la mano
Que las rige. Quizá el destino humano
De breves dichas y de largas penas
Es instrumento de Otro. Lo ignoramos;
Darle nombre de Dios no nos ayuda.
Vanos también son el temor, la duda
Y la trunca plegaria que iniciamos.
¿Qué arco habrá arrojado esta saeta
que soy? ¿Qué cumbre puede ser la meta?
          

                        (de La rosa profunda, 1975)

       

    

El hacedor
     
Somos el río que invocaste, Heráclito.
Somos el tiempo. Su intangible curso
Acarrea  leones y montañas,

Llorado amor, ceniza del deleite,

Insidiosa esperanza interminable,

Vastos nombres de imperios que son polvo,
Hexámetros del griego y del romano,
Lóbrego un mar bajo el poder del alba,
El sueño, ese pregusto de la muerte,
Las armas y el guerrero, monumentos,
Las dos caras de Jano que se ignoran,
Los laberintos de marfil que urden
Las piezas de ajedrez en el tablero,
La roja mano de Macbeth que puede
Ensangrentar los mares, la secreta
Labor de los relojes en la sombra,
Un incesante espejo que se mira
En otro espejo y nadie para verlos,  
Láminas en acero, letra gótica,  
Una barra de azufre en un armario,  
Pesadas campanadas del insomnio,  
Auroras y ponientes y crepúsculos,  
Ecos, resaca, arena, liquen, sueños,  
Otra cosa no soy que esas imágenes  
Que baraja el azar y nombra el tedio.  
Con ellas, aunque ciego y quebrantado,  
He de labrar el verso incorruptible  
Y (es mi deber) salvarme.  
   

(de La cifra, 1981)

 

      

     

La trama

              

Borges por Hermenegildo Sábat

En el segundo patio
la canilla periódica gotea,
fatal como la muerte de César.
Las dos son piezas de la trama que abarca
el círculo sin principio ni fin,
el ancla del fenicio,
el primer lobo y el primer cordero,
la fecha de mi muerte
y el teorema perdido de Fermat.
A esa trama de hierro
los estoicos la pensaron de un fuego
que muere y que renace como el Fénix.
Es el gran árbol de las causas
y de los ramificados efectos;
en sus hojas están Roma y Caldea
y lo que ven las caras de jano.
El universo es uno de sus nombres.
Nadie lo ha visto nunca
y ningún hombre puede ver otra cosa.
 

(de La cifra, 1981)

     

   

Inferno, V, 129
      
Dejan caer el libro, porque ya saben
que son las personas del libro.
(Lo serán de otro, el máximo,
pero eso qué puede importarles.)
ahora son Paolo y Francesca,
no dos amigos que comparten
el saber de una fábula.
Se miran con incrédula maravilla.
Las manos no se tocan.
Han descubierto el único tesoro;
han encontrado al otro.
No traicionan a Malatesta,
porque la traición requiere un tercero
y sólo existen ellos dos en el mundo.
Son Paolo y Francesca
y también la reina y su amante
y todos los amantes que han sido
desde aquel Adán y su Eva
en el pasto del Paraíso.
Un libro, un sueño les revela  
que son formas de un sueño que fue soñado
en tierras de Bretaña.
Otro libro hará que los hombres,  
Sueños también, los sueñen.  
   

(de La cifra, 1981)

 

    

  

Doomsday

            
  
Será cuando la trompeta resuene, como escribe San Juan el Teólogo.

Ha sido en 1757, según el testimonio de Swedenborg.

Fue en Israel cuando la loba clavó en la cruz la carne de Cristo, pero no sólo entonces.
Ocurre en cada pulsación de tu sangre.
No hay un instante que no pueda ser el cráter del Infierno.

No hay un instante que no pueda ser el agua del Paraíso.

No hay un instante que no esté cargado como un arma.
En cada instante puedes ser Caín o Siddharta, la máscara o el rostro.
En cada instante puede revelarte su amor Helena de Troya.

En cada instante el gallo puede haber cantado tres veces.

En cada instante la clepsidra deja caer la última gota.
 

(de Los conjurados, 1985)

   

Para visitar a otros poetas:

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 Pizarnik
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 María Elena Walsh
 Juan L. Ortíz
 Orozco

     

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