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ESCRIBIR EL PARAÍSO |
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Antología crítica de la Poesía Universal |
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FRIEDRICH NIETZSCHE |
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(1844-1900) |
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Alemán |
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Los lectores de filosofía coinciden en que algunos de sus mejores hombres son, a la vez que grandes pensadores, profundos poetas. Nadie duda del talento de Platón con la palabra y de su capacidad de ilustrar con metáforas e imágenes el itinerario de sus ideas. Con Nietzsche la brecha se cierra al punto de no poder dilucidar en alguna de sus obras -Also Sprach Zarathustra- el género al que pertenece. Nietzsche no se demora en argumentos; lejos de Spinoza, nos dice lo que piensa, nos comunica su verdad, ese saber que estima original y extensivo. El tiempo en el que vive para él nunca será su época; al comienzo lo intuye, luego tiene la certeza de que es así. Escribe para todos y para nadie. El círculo de sus amigos y lectores se va a ir cerrando con cada libro o colección de aforismos que un editor -quien cada vez lo considera con mayor reticencia- divulga en su lengua. La soledad a la que marcha con paso firme es una enfermedad que lo debilita. Necesita tener alguien con quien hablar. Se aleja de su círculo Paul Rée, uno de sus mejores amigos, y con éste se va Lou Andras Salomé, la mujer que ejerció sobre él una atracción única; de esa seguidilla de pérdidas que comenzaron en su juventud tras su temprana separación de Wagner, surge su alter ego, su creación más evocada: Zarathustra.
Este personaje, de los más mencionados en la historia de la filosofía contemporánea, en el que conviven rasgos divinos y literarios, va a nacer con el nombre del antiguo profeta ario y actualiza, en buena parte, el mito de Dionysos. La cadencia de su escritura, el tono general de la obra, lo relacionan a los textos religiosos de los que Nietzsche se nutrió en su infancia y adolescencia. Alguna vez él habló de quinto evangelio; la obra es más que eso porque surge de una concepción de lo sagrado emparentada a la modernidad, ligada a la mejor tradición renacentista que parece alcanzar su exasperación en nuestro filósofo. Lo sagrado no desciende al hombre, sino que éste en su superación, se eleva con sus designios a una nueva era, a una transvaluación de los valores. La poesía de Nietzsche, por el ritmo de su escritura, se nos ofrece producto de un espíritu exaltado, festiva y nostálgica:
Puede servir para plantear en pocos versos sus ideas, celebrar un momento de ánimo o hablar a los seres queridos, pero, siempre inmersa en un lirismo que nos presenta a un hombre en extremo sensible. Él, que ha recreado arquetipos, y ha usado figuras para poder mostrarse en público, que en los últimos años de su vida firma cartas como El Crucificado o Dionysos, y transfigura a Cósima Wagner en Ariadna, a Wagner en Teseo, siempre tiene una voz confesional en sus poemas donde descubre casi con pueril estilo sus carencias y conquistas. En esta poesía existen notas y particularidades propias de su tono general que eliminarlas significaría alterar de raíz pensamiento y palabra. Nos podemos detener en ellas, pero, es bueno aprender a eludirlas.
Es habitual hallar en sus versos reiteraciones enfáticas del adverbio:
¡y nunca, nunca detenerte! (Und nimmer, nimmer stillestehn!),
y de fórmulas que encuentra y usa como remanso: ese pobre, ese pobre
caminante (Der arme, arme Wandersmann!) Ambos, ejemplos de
El Caminante. Utiliza recursos que no favorecen el juicio sobre su obra.
Sujetos de los que se predica la contradicción (sabio-necio: weiser
Unweiser; dios-verdugo: Henker-Gott; muchachas-gatas:
Mädchen-Kutzen) y que por el acto de la declaración en sí parece
conducirnos a la superación de los opuestos, sin que medie otro paso. Líneas
donde propone:
No es gran poesía, pero sí una búsqueda poética palpable en todo lo que escribe. En este corpus el sustantivo -elevado siempre que se pueda a concepto- deja poco margen para la sugestión, a no ser que hablemos de una sugestión de carácter especulativo. Un pensamiento que estimula y se va estimulando a sí mismo con su propio movimiento hasta llegar a un estado semejante a la embriaguez. Nietzsche nos invita a beber de la misma copa donde moja sus labios. En la pregunta introspectiva de Pino y Rayo hay un aire que lo emparienta con Rimbaud, con quien compartió la segunda mitad del siglo XIX.
En el prólogo que citamos al inicio la autora enuncia que: "Como profeta previó un caos donde todo se confundiría, donde ningún valor de la cultura permanecería en pie. Sabía que la civilización se arrastraba con torturante angustia, de década en década, hacia una catástrofe fatal, de la cual no habrá modo de salvarse ni tiempo para detenerse a reflexionar; aquí donde vivimos nadie será pronto capaz de existir." Ella misma se interroga: "¿Excesiva escatología?" Es probable que haya exageraciones en lo que se propone, pero, no es leve sino profundo el diagnóstico y hay síntomas que confirman en alto grado esta visión nihilista de ese europeo del siglo XIX. Nos alarma y consideramos paradigmático el abuso de la parodia de la que actualmente somos espectadores, que hace que ésta extravíe su sentido y función. La empuja a trasmutarse en la realidad que, en ulterior instancia, y degradada, opera como inferior. Suplanta a aquella que es síntesis y origen de la némesis. Característica evidente de una época que no reconoce un rostro propio ni un cuerpo de valores genuinos. La parodia conducida a este extremo tiene el efecto de un narcótico. No deja ver la falta de patrones propios de conducta y de carácter. Cumple una función social de ocultamiento, no de la verdad, sino del ser, y los únicos que sacan ventaja de esta artificiosidad son aquellos que realizan en la exterioridad el punto más alto del gesto paródico exacerbado -síntoma de la fragmentación del hombre contemporáneo, aún cuando todo éxito mundano sea una desarmonía, porque la ruptura es lo que se celebra desde la burla y el grotesco. Hölderlin nos enseña que En el peligro habita lo salvador y la parodia, por temor, por defecto o por su propia marca de gestación, huye de éste tomando ropajes ajenos. Desde el libro de Halevy, de las lecturas de Heidegger, Giorgio Colli o Deleuze, pocos pensadores han podido prescindir de las contribuciones de Nietzsche al desarrollo de la filosofía y, en especial, a la historia de la cultura de Occidente. Filósofo de fragmentos y textos atractivos para no sólo entendidos sino también lectores curiosos, ha sido más revulsivo en relación a nuestra forma de vida, a cómo interpretamos este siglo XX y su descendencia, de lo que a veces estamos atentos a considerar. Cuando se habla de este alemán de Rôcken, descendiente de pastores luteranos que, al acercarse los últimos días de diciembre añoraba los festejos de la noche de San Silvestre, en pocas oportunidades se recuerdan sus poemas, pero, toda su obra, la vitalidad y el estilo que ese hombre intentó imprimir en sus textos hacen que Nietzsche merezca no sólo un sitio entre los principales prosistas y filósofos germanos del siglo XIX, sino también entre los poetas.
(1) Lernt aus diesejn Narrenbuche, /Wie Vernunft Kommt -"zur Vernunft"!, de Entre Amigos (Un epílogo). |
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