Asterión XXI

Revista cultural

           

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EL FOLLETÍN DE LOS CHICOS MALOS

de Louis R. Lewis

  

Tradicionalmente el terror, la ciencia ficción, el misterio y otros subgéneros literarios similares, son considerados géneros menores. Literatura de evasión de segunda categoría. Pastiches con escaso o nulo interés literario y una acusada falta de calidad. Lectura asequible para un público mayoritario y poco exigente que no quiere encontrar otro placer más que el puro entretenimiento. Denostados como simples productos comerciales que el paso del tiempo o el siguiente bestseller se encargan de hacer olvidar. Salvo contadas excepciones y, aún tratándose de autores consagrados, por lo general, los libros se presentan en ediciones de bolsillo, con una mala encuadernación, peor papel y una letra diminuta y borrosa que haría las delicias de cualquier vendedor de lentes de contacto. Gran cantidad, poca calidad y menor precio. Es tal la oferta de este tipo de libros en las estanterías de grandes almacenes y librerías de barato que, si uno no ha leído alguna obra de estos géneros, resultaría imposible no pensar cuanta verdad hay en este razonamiento.

Pero pese a todo lo anterior, o quizás por todo ello, ¿quién no se ha dejado llevar alguna vez por los argumentos de las intrigas maquinadas por Allan Poe, Wilkie Collins, Conan Doyle y muchos otros?. Devorar página tras página con auténtica pasión. Febril por acabar el libro lo antes posible para comprobar si uno tiene la sagacidad de un detective y es capaz de adivinar la identidad del asesino a pesar de las pocas, equívocas y casi siempre falsas pistas que el autor nos da. Estos tres grandes nos hicieron caer en el pecado de la literatura policíaca y ya nada nos liberará de ella. Y aunque resulte feo decirlo, uno siempre acaba repitiendo una y otra vez, por mucho que en infinidad de ocasiones haya visto malgastar su tiempo y su dinero al topar con autores y libros de ínfima calidad. Una auténtica tortura en todos los sentidos. Pero según parece placentera porque, ¿podría existir una literatura más adictiva y envolvente?

                                     

Afortunadamente para nosotros, sí. Al menos, eso debieron pensar unos pocos escritores norteamericanos de los locos y aparentemente felices, años veinte. La novela policíaca del nuevo siglo podía -y debía- reflejar el agitado ambiente de los tiempos modernos. Unas veces unidos a los argumentos tradicionales de la novela detectivesca y otras en franca contraposición con los cánones del género, los temas principales iban a ser ahora la corrupción política generalizada, la conminencia de jueces y policía con el delito y quienes lo comenten, la violencia de las calles, el poder de las mafias, los efectos de la prohibición sobre alcohol y drogas,... Todo aderezado en un cóctel explosivo con la inconfesable fascinación que a todos nos provocan delincuentes, armas, violencia, muertes, sexo,... Escritos por, sobre y para perdedores. Y por supuesto, para no olvidar sus orígenes ni quitarle gracia al asunto, siempre una pizca de suspense.

De esta manera, la novela de intriga se vio literalmente arrollada por una hija putativa, la nueva novela de detectives a la americana, luego bautizada por los franceses como novela negra. Se acabó el socorrido y bastante manido el asesino es el mayordomo. La base de la trama no es el misterio puro. El enigma no es la única ni principal razón del argumento. No importa ahora adivinar quién muere o mata, cómo, cuándo ni dónde, sino, más bien, el porqué. La mayoría de las veces, lo que más se quiere destacar es el trasfondo social en que tiene lugar la acción, la talla moral o amoral de los protagonistas y secundarios, el abuso de poder de quien tiene la sartén por el mango, la violencia gratuita o no, de algunas personas y acciones, el lado más primitivo, instintivo y animal del ser humano, las pasiones más salvajes y peligrosas, el racismo, el alcoholismo, la ludopatía,...

Raymond Chandler                                Dashiell Hammet

En el caso de la Hard-boiled detective, o novela negra al modo clásico de los inventores Chandler, Hammett y Macdonald los protagonistas son antihéroes, auténticos quijotes en lucha continua contra molinos de viento. Como única armadura portan una moral inquebrantable y si son lo suficientemente duros, una pistola. En permanente batalla contra todo y contra todos, de forma aparentemente estéril la mayoría de las veces, siempre contra corriente. Personas íntegras y con arrestos, consecuentes con sus ideas, que persiguen únicamente sentirse a gusto con su propia conciencia.

Por supuesto, reflejando siempre el lado canalla y más auténtico de la vida. Por lógica similitud con la vida real, es casi exclusivamente en la novela negra donde, habitualmente, ganan los malos. Mientras en la realidad esto seguramente no nos hace ni puñetera gracia, en la ficción nos produce una sonrisa de felicidad cómplice. Como clímax y máximo exponente de la novela negra en su vertiente más cruda, surge la Crook-story o historia contada desde el lado del criminal sin ningún rubor. Conocidos Tough Writers o escritores duros como James M. Cain y su clásico El cartero siempre llama dos veces¸W. R. Burnnett y La jungla de asfalto, Don Tracy y El abrazo del la muerte, Jim Thompson y su 1280 almas y muchos otros, se encuadran, de motu propio o a regañadientes, bajo esta corriente.

Pero, esté del lado del bien o del lado del mal, el protagonista de la novela negra, hace siempre lo que sus propias normas morales o amorales le dictan y le importa un bledo lo que el mundo pueda pensar. Curiosamente o quizás como consecuencia de su propia forma de ser, la novela negra suele correr un destino paralelo al de sus protagonistas. Todos la usan cuando la necesitan, pero la ignoran cuando ya no les hace falta. Marlowe, Spade y Archer son modelos a imitar como ideario, pero quien en la realidad se comportase como ellos, se vería irrevocablemente abocado a la derrota. Y la dialéctica del perdedor no conduce precisamente al éxito. De manera similar, muchos autores de novela negra o, escritores que coquetean a veces con ella, suelen afirmar sin ruborizarse está bien escribir alguna novela de este tipo, pero aspiro a escribir algo bastante mejor, no me pienso encasillar ni estancar en el género. Y cuando consiguen fama con libros realmente serios, reniegan de este tipo de obras y las consideran tan sólo una distracción o una forma fácil de hacer dinero en tiempos de necesidad. Si supuestamente es tan mala y literariamente tiene poco o ningún valor, ¿por qué son pocos los escritores qué no han escrito -y seguro que leído- alguna vez novelas negras, policíacas, de intriga, o cómo se las quiera llamar?. Son decenas los escritores encuadrados bajo el género negro o con obras del género, que lo circundan, lo imitan o lo plagian descaradamente, aunque lo nieguen una y mil veces para evitar que se les tache de malos escritores.

Con el paso del tiempo, la proliferación de adaptaciones cinematográficas de algunos de sus clásicos, ha contribuido a dar valor artístico a lo que antes sencillamente, se ignoraba. Pero, a pesar de haberse escrito y rodado maravillas como El sueño eterno, El halcón maltés, La jungla de asfalto, El último refugio o las más recientes L.A. Confidential y Gangs de Nueva York, la novela negra siempre estará marcada con cierto estigma. Si se habla de la gran literatura, se admite perfectamente que un buen libro puede dar lugar a una mala película, pero siempre queda ese gran libro. Si la película resulta un fiasco, evidentemente, siempre se culpará a la adaptación y se podrán exponer infinidad de argumentos, entre los más socorridos a) la complejidad del texto, hace imposible trasladar el libro al cine, b) se ha fallado por intentar ser demasiado fiel al original o c) todo lo contrario, se ha cometido la osadía de apartarse en exceso de él,... y así toda una larga retahíla de explicaciones más o menos certeras. Pero siempre queda ese gran libro. Por contra, Las diabólicas o La ventana indiscreta, son gracias a su tratamiento en el cine, grandes películas, pero provienen de obras menores de Boileau-Narcejac y William Irish, autores con un valor literario más que discutible para los entendidos. Y no digamos nada si la película es infumable. La culpa es, sencilla y fundamentalmente, de un pésimo libro. Siempre se podrá recurrir a La novela negra es literatura barata y sin calidad. Una auténtica chapuza literaria. Pero, aún en el papel de los chapuceros protagonistas de la película española Atraco a las tres, ¿quién no ha soñado alguna vez con ser un malo de película?

  Humphrey Bogart en El halcón maltés

Cantidad sí, pero no exenta de calidad. Miriadas de novelas y cuentos de o con reminiscencias del género negro. Ya sea con su auténtico nombre o escondidos bajo seudónimos por los más variados motivos, tales como no ser devorado por la sombra literaria de su esposa, caso de Ross Macdonald (Kenneth Millar), tener un nombre similar y por tanto con posibilidad de ser confundido con un autor consagrado, como le ocurrió a James Hadley Chase (René Raymond) o sencillamente, poder escandalizar anónimamente, caso de Vernon Sullivan (Boris Vian) y su Escupiré sobre vuestra tumba, tras cuya publicación y revuelo consiguientes en el París de 1946, le valieron a él y a su editor Jean d’Halluin una multa por ultraje escrito a la moral y a las buenas costumbres.

       Fruto de todo este maremagnum, existen una infinidad de escuelas y una auténtica legión de autores, seguidores y detractores. ¿Por qué? Porque aunque de muy distintos estilos, épocas y países, escritores como Mccoy, Himes, Goodis, Highsmith, Westlake, Vázquez Montalbán, Mankell, Connelly, Rankin y muchos otros nos ofrecen todo un mundo de personas que viven la vida a su manera, sirviendo a la ley o al margen de ella, pero siempre en el filo de la navaja. Y la mayoría de estos autores, para perpetuar la leyenda negra de la novela negra, estuvieron, están o estarán, como les ocurre a los protagonistas de sus obras, condenados al fracaso. Están malditos para siempre. Y los que amamos a los malditos, les estaremos eternamente agradecidos a ellos y a quienes les maldijeron, maldicen o maldecirán.

    

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