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VIAJE AL CORAZÓN DEL CUENTO |
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Antología crítica del cuento breve |
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FRANZ KAFKA |
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Bohemia (1883-1924) |
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El apellido de este escritor judío nacido en Praga se trasmutó, a la par que transcurrió su siglo veinte, en uno de los más certeros adjetivos con los que se puede dar cuenta de las tribulaciones de nuestra civilización. Su existencia no conoció la celebridad que la literatura otorga, algunas de sus obras pudieron tener un destino fugaz si Max Brod no hubiera desobedecido sus deseos. En gesto similar Vario y Plocio Tucca, albaceas testamentarios de Virgilio, conservaron los scrinia donde se guardaban los originales de la Eneida, el poema épico de la romanidad. Maestro del relato breve y de la novela que parece construida para ser leída de un solo aliento, en La metamorfosis, la historia que comienza una mañana en la vida de Gregorio Samsa, se alza con una pregunta que cuestiona al hombre contemporáneo: "Qué me ha sucedido?" Un interrogante semejante se instala en Un viejo manuscrito, y el malentendido continúa.
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UN VIEJO
MANUSCRITO |
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de Franz Kafka |
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Se deben haber descuidado muchas cosas en la defensa de nuestra patria. Dedicados a nuestro trabajo, nunca lo pensamos, pero nos inquietan los sucesos de los últimos tiempos. Yo tengo un taller de zapatero en la plaza, enfrente del palacio imperial. Al alba, cuando abro el taller, ya veo repletas de gente armada las bocacalles de esta plaza. No son nuestros soldados, desde luego, sino nómadas del norte. De modo inexplicable, han llegado hasta la capital, aunque esté tan lejos de la frontera. Lo cierto es que están aquí; y cada día parecen más. Fieles a su naturaleza, acampan al aire libre, pues aborrecen las casas. Pasan su tiempo afilando las espadas, aguzando las flechas y haciendo ejercicios con los caballos. Han convertido esta plaza, en otros tiempos tranquila y limpia, en un auténtico establo. Salimos furtivamente de nuestros establecimientos para retirar el grueso de la inmundicia, pero lo hacemos cada vez menos, porque es un esfuerzo inútil y corremos el riesgo de caer bajo los cascos de lo caballos salvajes, o de que nos hieran con los látigos. No se puede hablar con los nómadas. Ignoran nuestra lengua y casi no poseen una propia. Entre ellos se entienden a la manera de los grajos. Siempre se oyen esos chillidos. Nuestras costumbres e instituciones les parecen tan incomprensibles como carentes de interés. Por consiguiente, tampoco reaccionan cuando se les habla por señas. Puedes dislocarte la mandíbula y las muñecas, pero ni así te entienden, ni nunca te entenderán. A menudo hacen muecas; entonces ponen los ojos en blanco y les sale espuma por la boca; pero con eso no quieren decir nada, ni siquiera asustar: lo hacen porque son así. Si algo les apetece, lo toman. No se puede decir que arrebatan las cosas por la fuerza. Cuando ellos estiran la mano, uno se aparta y les deja todo. También de mis provisiones se han llevado más de una buena pieza. Pero no me puedo quejar si veo, por ejemplo, lo que le pasa al carnicero. En cuanto llega con la mercancía, se la quitan y la devoran. También sus caballos comen carne; muchas veces el jinete está echado junto a su caballo y los dos comen la misma pieza, cada uno por un extremo. El carnicero tiene miedo y no se atreve a suspender el aprovisionamiento. Nosotros lo comprendemos y reunimos dinero para ayudarlo. Si no diéramos carne a los nómadas, quién sabe lo que serían capaces de hacer. Y por cierto, quién sabe lo que se les puede ocurrir aunque reciban su carne puntualmente. Hace unos días el carnicero pensó que se podría ahorrar la matanza y por la mañana trajo un buen buey vivo. Esto no debe repetirlo. Permanecí una hora en el fondo de mi taller, tendido en suelo, con todas mis ropas, mantas y almohadas encima, para no oír los aullidos del animal, al que los nómadas embistieron desde todos lados, arrancándole trozos de carne caliente a dentelladas. Hacía mucho tiempo que todo estaba en silencio cuando me atreví a salir; como borrachos alrededor de un tonel de vino, así estaban tirados alrededor de los restos del buey. Justo entonces creí ver al Emperador, en una de las ventanas del palacio; jamás se deja ver en los aposentos que dan al exterior, pues vive retirado en el jardín más recóndito; pero esta vez, al menos así me pareció, estaba de pie junto a la ventana, cabizbajo, contemplando el desorden. “¿Qué será de nosotros? –nos preguntamos- ¿Hasta cuándo soportaremos esta desgracia y este tormento? El palacio imperial ha atraído a los nómadas y ahora no sabe cómo sacárselos de encima. El portón permanece cerrado. La guardia, que antes salía y entraba pomposamente, se guarece detrás de las ventanas enrejadas. A nosotros, artesanos y comerciantes, se nos confía la salvación de la patria; pero no nos sentimos a la altura de semejante empresa; jamás nos hemos jactado al respecto. Es un malentendido que nos destruye.
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