Asterión XXI

Revista cultural

           

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CONSIDERACIONES SOBRE UNA BIOGRAFÍA

Vidas apasionantes:

Oscar Panno, por Pedro Weber

  

escribe: Héctor Alvarez Castillo

     

  

 

   "Estamos en lo que se ha dicho al comienzo. 1953 ha sido el año de Panno. Verdadero Hércules juvenil del ajedrez ha cumplido uno a uno los "trabajos" en los que afirma su prestigio casi de leyenda aunque hayan sido cumplidos recién y ante nuestros ojos. Y es que si sorprende lo que ha realizado, esta sensación admirativa se une a la idea inseparable de sus posibilidades. Ha hecho ya tanto, pero -y esto es lo maravilloso- en su caso sólo se trata del principio. Todo esto queda dicho si una vez más recordamos su edad."

   "¿Hasta dónde puede llegar Panno? Ésta es la pregunta que todos se formulan."

    

   Una noche hallé por casualidad en el Círculo de Ajedrez Torre Blanca un raro ejemplar, tal vez la primera biografía que se escribiera sobre Oscar Panno. Ese breve libro de apenas 47 páginas tenía espacio suficiente para contarnos acerca de los comienzos de este ajedrecista hasta llegar al Campeonato Argentino que lograra en el año 53, su primer triunfo en nuestra justa máxima. En él se habla del viejo juego que trajese al hogar su padre, Don Francisco, del hallazgo de la sección de ajedrez junto a su hermano -varios años después- en antiguos números de la revista Leoplán. Esa sección que escribía Roberto Grau. De cómo tuvieron César y Oscar que darse maña para entender la notación descriptiva, sin que nadie les saliese en su auxilio. De los primeros volúmenes descubiertos en la biblioteca de un tío: la Caro Cahn de Damián Reca y el Peón Dama de Bogoljuwob. Luego todo entra en un aire casi de historia sagrada, con la salvedad de que nuestro héroe es de carne y hueso y lo vamos a conocer hasta sus dieciocho años.

  Ese año de 1953 fue de una sucesión de triunfos para nuestro elegido pocas veces visto y, creo no exagerar, no repetido en nuestro medio. Panno comenzó, como nos va contando Weber, con su victoria en el Campeonato Juvenil Argentino, luego se sucedieron los primeros puestos en el Torneo Magistral del Club Argentino de Ajedrez, el Campeonato Mundial Juvenil y el triunfo en el match por el Campeonato de nuestro Club señero ante el que hasta ese momento era titular de la institución, el maestro Luis Piazzini, culminando en diciembre con su consagración en el Campeonato Superior de nuestro país.

  Esta enumeración no debe dejarnos sorprender, entonces, cuando hallamos un libro sobre un joven de apenas dieciocho años que viene superando a todos los rivales que se cruzan a su paso. Pero, sí que nos resulta extraño hallar que esa biografía es la segunda de una serie dedicada a Edmundo Rivero, voz y emoción de Buenos Aires, Aníbal Troilo, el bandoneón del pueblo, Ángel Labruna, una moral al servicio del deporte, y Juan Manuel Fangio, Campeón Mundial de Automovilismo, y que esa lista se denomina Ídolos Populares, algo que a ningún ajedrecista argentino se le pasa por la cabeza hace décadas. Podemos afirmar que Najdorf era popular, que Rossetto –en grado menor- también lo era junto a Julio Bolbochan, Guimard y Pilnik, al menos para los lectores de las páginas deportivas de los principales matutinos. Muy pocos argentinos que no estén ligados a nuestra actividad hoy conoce el nombre del campeón nacional. Clarín y La Nación pueden hacer que les suenen los apellidos de Zarnicki y de Ricardi, pero, de ahí no pasa el asunto. Lo de Panno fue algo muy distinto y aún, para aquellos que rondan los setenta y ochenta años, sigue siendo un apellido que habla de un país, de un país que comenzó a quedar atrás hace un tiempo similar al que nos estamos remontando. Un país semejante y distinto al que ahora habitamos y todos nosotros vamos construyendo.

  En la década del 50, la Argentina apostaba a sus deportistas como motivo de orgullo y ejemplo de vida y de grandeza. Nuestro país jugaba a independiente, se hablaba de tercera posición, de planes quinquenales. En el mundo no existía nada parecido a la globalización que se predica en estos días. La geografía sólo parecía entender de agrupaciones bipolares con una serie de naciones subdesarrolladas que quedaban en el medio, para pasto de las poderosas. Nada ha cambiado demasiado en esto que llamamos Occidente y que se llena la boca con discursos y proclamas acerca de derechos y libertades, tal vez la mayor diferencia esté en que se han hecho más fuertes los países que funcionan como imperio y menos respetan la soberanía de los otros.  Se podrá decir que los políticos no están a la altura de nuestros artistas, y es verdad, sólo resta agregar que por naturaleza la política nunca está a la altura del arte y, si alcanza a ponerse a su medida, es en momentos históricos únicos que, como la Atenas de Pericles, serán instancias prominentes para la humanidad.

  El libro de Weber nos traslada a una historia cercana donde muchos de los personajes son conocidos por nosotros, pero, el tiempo aún es joven para todos. Lo principal de sus carreras deportivas no ha ocurrido y, como iniciales lectores de las últimas páginas de una novela, cuando nos hallamos ante las primeras, nos recorre una extraña sensación. Nos enteramos que Panno -dos años antes de vencer en el Campeonato Argentino Sub 20- quedó segundo de Raúl Cruz en 1951 -tablas en la última contra Farah, en un evento donde los dos primeros campeones argentinos de la categoría estuvieron muy por encima del resto de los participantes. Torneo en el que se hubo de lamentar el retiro por enfermedad de Raúl Sanguinetti. Podemos ir rescatando muchas notas coloridas como ésta que, de otra manera, ya pertenecen a un pasado extraviado. Mientras vamos llegando a la justa más importante, la que lo transformó en nuestro primer Campeón Mundial de Ajedrez. En Copenhague Panno venció en las dos ocasiones en las que enfrentó al ganador del primer Campeonato Mundial Juvenil, el posterior Gran Maestro Boris Ivkov. Triunfos muy importantes que se dieron en la preliminar -ganada en solitario por el jugador yugoeslavo- y en el turno final. Estas victorias fueron fundamentales para que el ajedrecista de Saavedra hilvanara su camino hacia el título máximo. La única nota amarga fue que en ninguno de los dos juegos en los que se encontró ante el representante suizo, Dieter Keller, logró derrotarlo, siendo vencido en la primera partida y entablando en la final. Entre otros que fueron superados por Panno están: Sherwin, Olaffson y Larsen. De la partida contra el futuro Gran Maestro danés hay una pequeña anécdota para divulgar. Se sabe que en años posteriores se transformó en uno de esos jugadores que siempre van hacia adelante, que no dan tablas -vale como ejemplo el match contra Fischer por las Semifinales del Campeonato del Mundo, en el año 71. En el juego entre ambos, que culminó con la victoria del argentino luego de tres sesiones, nuestro querido Bent ofreció en cinco oportunidades el empate, creyendo que otro resultado no podía darse, siendo éste rehusado hasta que debió inclinar el rey.

  Mucho se esperaba de este joven jugador que se hiciera con la corona latinoamericana en San Pablo, en 1954, y participara con éxito en el Interzonal de Gotemburgo, 1955, alcanzando el tercer puesto que lo clasificó al Torneo de Candidatos celebrado en la ciudad de Amsterdam, donde quedó octavo. Su abandono de la práctica activa de nuestro juego por el término de diez años, luego de no tener una buena actuación en el Zonal de 1958, sin duda nos privó de conocer la verdadera fuerza y los logros que otro destino pudo otorgarle a Oscar Panno. Y con esa decisión de alejarse por un lapso tan importante y en una edad tan temprana, de la práctiva magistral, cuando a nuestro campeón bien se lo podía considerar uno de los valores más fuertes de Occidente y del mundo, también debe de haber tenido para la historia del ajedrez argentino consecuencias sobre las que sólo se nos permite especular. Un solo ejemplo basta para tener idea de lo importante que para esos años era nuestro país en la arena internacional, en especial en la década del 50, cuando surge nuestra figura. En el certamen citado de Gotemburgo -cuando los eventos de la FIDE estaban lejos de ser multitudinarias concentraciones de maestros- en un misma ronda se enfrentaron de blancas los maestros soviéticos Boris Spasski, Paul Keres y Efim Geller ante los maestros argentinos Herman Pilnik, Miguel Najdorf y Oscar Panno. Se dio lo que puede llamarse una mala preparación para el lado argentino, las partidas continuaron idénticas hasta la movida catorceava del blanco y, en las tres, este color se alzó con la victoria. Pero, esto que es una anécdota donde fuimos vencidos, marca con justeza el sitio que ocupaba nuestro ajedrez en esos días. Estábamos donde se escribían las páginas más altas de nuestro juego, por donde se dice que pasa la historia.

  Loable trabajo de investigación y escritura refleja el opúsculo de Pedro Weber que, casi cincuenta años más tarde -su edición es de marzo de 1954- se transforma en una pieza querible de la bibliografía ajedrecística nacional. El agradecimiento del ajedrez argentino hacia el Gran Maestro Oscar Panno siempre será poco por alcanzar una maestría en nuestro arte, una profundidad de análisis y valoración del juego, dificilmente igualable en nuestro medio.

 

  

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