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Estamos
perdidos. Fue un largo día de lluvia que hizo más molesto andar por las
calles con el equipaje rescatado. Éramos muchos, pero la historia siempre
era la misma: podíamos empezar por cualquier sitio, pero la narración se iba
semejando palabra tras palabra, línea tras línea.
Dormito a ratos y, cuando despierto, deseo hablar y no sé con quién hacerlo.
Tengo cosas que confesar, pero, el estado en el cual vivo no me permite
intentar más que algunas sílabas, me siento impedido para tener profundos
pensamientos y lozanas ideas. Ellos deben tener reservas similares, pero la
situación parece no incumbirnos, todo lo que acaece parece suceder fuera de
nosotros, ajeno a nuestro dominio. Podremos esmerarnos en hallar una
explicación superior a la que tenemos, pero eso es otro asunto, nada de lo
que intentemos cambiará la verdad y en nuestro interior sabemos que esta
justificación, si no estaba en los libros, la hemos oído en una función de
teatro, visto en alguna película. Aún no tenemos tiempo de discutir de dónde
proviene, qué lo generó, pero intuimos que sobrarán las horas para deliberar
acerca de estas cuestiones y de otros juicios por el estilo; éste no es el
momento, el día llegará, pero seremos menos. Los meses de frío, con el
viento que nos congela las narices y esta comida que nos da hipo, harán el
resto, sin que nuestra voluntad tuerza la fatalidad sobre la cual hoy se
desliza nuestra existencia.
Estornudé toda la tarde, otros a mi alrededor hicieron lo mismo. Lo extraño
fue que sin conocernos nos saludábamos con afecto, perros que en un baldío
mueven la cola, que ahuyentan el peligro y se echan uno a la par del otro
para conservar el calor. ¿Será esta aflicción inmensa lo que nos persuade a
intimar entre desconocidos?
En el
futuro si levantamos la frente ya no será en señal de orgullo ni por
antiguas costumbres. Quizá a partir de mañana iremos transformando ese
pasado, sus símbolos y sus gestos. Debimos estar preparados para esto
porque, al fin, lo que sucedió es lo que presentíamos hace años; las
revistas y periódicos venían anunciando los cambios, los oíamos, pero
confiábamos en que ese destino aciago se diluiría como un licor en la
sangre.
Ahora
es tarde, en realidad fue tarde desde que apareció la televisión. Con ella
se apuraron los tiempos, el camino se dirigió a un vasto precipicio. Yo lo
dije en una reunión de amigos; ellas no estaban, se habían quedado en las
casas junto al fuego, tenían libros, libros propios, cuadernos de notas,
apuntes. Tiempo atrás habían comenzado a leer. Es cierto que después de las
jornadas se acostaban a nuestro lado para descansar, pero ya no se abrazaban
a nuestros cuerpos como antaño.
Poco significativo es este relato, es hablar del ayer, de algo que ha
sucedido y que es imposible hacer regresar a un punto donde no era siquiera
imaginable tal situación. Nos han echado, una tras otra nos han echado de
sus hogares, no soportaban más nuestras palabras, nuestros gritos, nuestro
malhumor, no soportaban más aquellos hábitos que un día nos erigieron
majestad. Se han quedado con lo que era de ambos. Ahora buscamos asilo. Los
hijos varones marchan a nuestro lado. Temen que cuando crezcan sean como
nosotros y, en prevención, los han mandado tras de sus padres, de sus
hermanos mayores, de los abuelos que quedaron en las casas, ocultos en una
ajustada habitación oscura. No creemos que esto sea lo correcto, pero
debemos acatarlo, ellas tienen el poder y no titubean, nunca han titubeado
antes.
Palermo,
enero de 1994 |