PACO |
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un cuento de Héctor Alvarez Castillo |
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Dormir con una mujer es vivir el peligro de que se alce en el silencio y que
nos encuentre indefensos y aletargados ante esas frágiles manos. Peor es
abandonarse al sueño sin que ella haya llegado al lecho, algo común para los
hombres que se adueñan de muchas y raramente duermen solos. Pocos deben
darse cuenta de lo inermes que están semidesnudos y rendidos ante aquélla
que tantas injurias y malos recuerdos atesora. En un instante puede decidir
lo más avieso y el cuchillo de la última cena penetrar el cuerpo caliente e
inmóvil, o un golpe fuerte y sordo estrellarse contra la cabeza desvanecida
a un lado de la almohada. Una cuerda que se cierra, la garganta de un
ahorcado, la entrega a un adversario anónimo, nacen de un simple arrebato.
También es concebible atravesar con una flecha el rojo corazón tantas veces
amado y dicho con sensual delicia. Pero una flecha lanzada desde cerca es
una señal demasiado fugaz, se necesita mayor distancia para apreciar la
belleza en su curso raudo y homicida. Formas distintas, tan eficaces y
breves, algunas gracias a un solo pero intenso dolor, y luego la mirada fija
e impotente, y el golpeteo acelerado y final antes del largo viaje. Sin
pensar siquiera en un disparo, vestigio horrendo y vulgar. |
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